lunes, 20 de junio de 2011

La Revolución Definitiva

       Por dondequiera que miremos hay descontento, descontento por los políticos, los banqueros, los inversores, los especuladores, los comerciantes, los gobiernos, los militares, la crisis…y la lista es interminable. Pareciera que a nivel mundial cada vez más la gente pide transparencia, pide verdades, pide la abolición definitiva del engaño y pide justicia. Se empiezan a escuchar ideas revolucionarias, las poblaciones piden a gritos el final de los gobiernos corruptos y comienzan a surgir líderes que pregonan a los cuatro vientos las desgracias de los dirigentes pasados y la necesidad urgente de un cambio radical.
     Creemos que la culpa de todas nuestras desgracias radican en el exterior: los políticos, los banqueros, los inversores, los especuladores, los comerciantes, los gobiernos, los militares, la crisis…la misma lista, interminable.
     Pero se nos está olvidando el factor común y determinante de todo lo anterior. Se nos está olvidando que hay una crisis tremenda de valores. Pero no sólo de los políticos, los banqueros, los inversores, los especuladores, los comerciantes, los gobiernos, los militares…sino del ciudadano común. De todos y cada uno de nosotros. Porque pensamos que si yo no entro a una tienda a robar, o no tengo un cargo público importante que me permita hacer todas las triquiñuelas posibles, entonces yo estoy limpio, yo no soy como “ellos”. Pensamos que el empresario que no paga impuestos debe ir a la cárcel, pero si yo no declaro ciertos ingresos para pagar menos impuestos, no es tan grave. No se puede comparar a ese avaricioso conmigo.

Pero es que los valores profundos de los que hablo van mucho más allá. Hablo del respeto, de la honestidad, de la humildad, de la compasión, de la aceptación de que todos los seres humanos somos exactamente iguales, de la no necesidad de “joder” al otro antes de que me joda a mí, del pensar “bueno, si no quiere que lo jodan que espabile!”.
Cuando veo “revoluciones” cargadas de ira, que crean más odio y más rencores, sólo puedo sentir una gran tristeza. Mahatma Gandhi lo dijo muy claro: “ojo por ojo, el mundo se quedará ciego”. La gente desesperada por lo que “le están haciendo los poderosos” se lanza a apoyar pseudo-líderes que sólo crean más caos, y más desesperación.
    Se nos olvida que la revolución más importante, más duradera y más efectiva es la revolución que cada uno de nosotros debe (porque es un deber) llevar a cabo en su interior y por extensión a su círculo de influencia. Es la revolución del valor, de la honestidad, del respeto a los demás, de la compasión, del compromiso de no aceptar la discriminación de nadie, del examen de conciencia, de la creación de conciencia. Y aquí es importante no pensar que es estúpido, que así no se puede ir por la vida, que a este paso no llegaremos a ningún lado. Es el camino más fiable para llegar a ese nuevo mundo que estamos pidiendo a gritos. Ningún poder económico, político, religioso o social es capaz de resistirse a una población pacífica, honesta, incomprable, justa y consciente. Y es entonces cuando pueden surgir líderes reales, Líderes en todo el sentido de la palabra. Personajes que con una voluntad inquebrantable y un sentido de la honestidad y del trabajo por los demás, pueden ayudarnos a llegar a donde queremos llegar. No es casualidad que los grandes líderes de la humanidad hayan sido seres con un sentido de la espiritualidad intenso. No es casualidad que estos seres hayan antepuesto el bienestar de la humanidad al bienestar propio. No es casualidad que todos y cada uno de los verdaderos líderes, esos que seguimos recordando con admiración total, hayan decidido llevar una vida llena de valores. No podemos dejar todo en sus manos, no podemos recordarlos como seres inalcanzables e inimitables. Ellos han enseñado que somos todos iguales, que dentro de cada uno de nosotros palpita una vida valiosa y que absolutamente todos, sin excepción, podemos lograr hazañas iguales y mucho mayores que las que ellos lograron. Tenemos que hacer justicia al trabajo que todos ellos han realizado y poner nuestro granito de arena. Sólo tenemos que decidirlo. Tenemos que crear valores en nuestras vidas. Es urgente. Tenemos que enseñar a nuestros niños, desde muy pequeños, lo importante de estas virtudes, pero eso se logra únicamente mediante el ejemplo. Es la única manera de construir una revolución definitiva, duradera y real. A una población que cultiva estos valores no se la puede engañar. Una población de este tipo no elije líderes de pacotilla.
     Este es nuestro momento. Tenemos la oportunidad de dejar de desear que alguien nos arregle la vida y la situación. Es el momento de tomar las riendas, de decidir cómo quiero que sea mi vida, mi sociedad, mi mundo. Es el momento de la responsabilidad. Momento excitante e interesante aunque no fácil. Porque implica dejar de echar la culpa a “los demás” (la famosa lista interminable) y eso ya no es tan cómodo. Pero les garantizo que es satisfactorio. Desde aquí invito a todos a que nos sumemos a esta revolución. Una revolución así, de base, profunda, es la que puede tener resultados duraderos. La revolución interior, la revolución de la paz a toda costa, la revolución de los valores.

Mónica